Un paseo literario por la Virgen de Carmen

Ricardo Bullón, gran amante de Noguera y su entorno natural, nos describe el paseo a la Virgen del Carmen por la carretera de Orihuela. Con un estilo literario culto y refinado a modo de cuaderno de bitácora, Ricardo nos desvela sus emociones y reflexiones al hilo del paisaje.

Paseos por Noguera de Albarracín: Virgen del Carmen.
por Ricardo Bullón

¡Qué gozo me da iniciar un paseo matinal en este mes de Agosto a las siete de la mañana, cuando el pueblo está completamente iluminado, aunque aun no le dé el sol! Sus rayos directos le llegan mas tarde, porque ahora se lo impide el monte de los Atízales que está bastante mas alto que el lugar. Y bajo esa luz que embellece el pueblo y el campo que lo rodea, empiezo el corto y acostumbrado recorrido. Tres kilómetros de ida en continua subida y el regreso por el mismo camino, pero cuesta abajo.

Las mañanas son frescas hasta que no las calienta el sol. Estas tierras están a mucha altura, y en las sombras, algunos días se siente frío. El ejercicio de la subida me hará entrar en calor. No tengo problemas de respiración, pues es una gloria recibir esa dulce brisa mañanera que parece que alimenta. Antes de llegar a la fuente de mí destino, la de la Virgen del Carmen, desde esa altura, se ve el pueblo aún dormido. Me lo imagino en otros tiempos lleno de vida, con caballerías y personas que van y vienen acarreando mies hacia las eras hoy inexistentes. Ahora solo se siembran algunos campos donde pueden entrar los tractores y recolectar con cosechadoras. Solo queda de ellas el campo de fútbol, el edificio hoy abandonado de la famosa quesería, la nave del ayuntamiento, el parque infantil, las escuelas y la plaza de toros.

En las parideras junto a la plaza ya se ve movimiento. Me figuro que parte del mucho ganado que tienen sus propietarios, estará dentro a punto de sacarlo al campo, pues otra gran parte pasa el verano en el monte. En las naves de la derecha de la carretera, también hay algo de movimiento a esta hora. Veo el nuevo cementerio, tan tranquilo. Siempre esperándonos. Pues que espere, que hoy está el día solo para pensar en vivir. Recuerdo la casilla de camineros en la misma curva de las Matas, y solo está allí el recuerdo, pues ha desaparecido hasta la última piedra. ¿Quién se las llevaría?

A paso casi deportivo voy subiendo. Ya van llegando con fuerza los primeros rayos de sol y enseguida habrá que buscar la sombra de los pinos. Hay que pasar por la zona que mas afea a toda la sierra. La escombrera y basurero. Fue una pena el situarlo en tal lugar, pues se ve desde bien lejos y buen rato. Desde el Carrascal ya se ve su fealdad. Más de uno, en Teruel y en Zaragoza, me han dicho, que como es posible que esté allí. Debe de ser muy difícil el quitarlo.

Me acerco a los guardacarriles de la derecha de la carretera al final de mí recorrido, por que desde allí se ve el pueblo de una manera muy especial. Desde ese punto, hay una vista impresionante del pueblo. Todo el que se da cuenta de ella, si tiene cámara de fotos, se lleva ese recuerdo. También se llevan fotos del peirón del Carmen, que tan estratégicamente está situado en ese punto.

Y llego a la fuente final de mi recorrido, bebo un trago de agua, me refresco la cara y brazos y me siento un rato a descansar contemplando el bonito panorama que desde allí se divisa. Toda la Huerta y la entrada a la Garganta por donde discurre el río de su nombre. Peña Blanca a lo lejos. Aquí cerca Peña Rubia, a donde siempre tengo ganas de subir y cada día lo veo difícil porque las piernas me van pesando mucho. Pero gozo contemplándola desde cualquier parte.

Siempre llevo en mis excursiones, dos aparatos de primera necesidad: Unos prismáticos de bolsillo y la cámara de fotos. Ya no sé a donde mirar y disparar, porque lo he hecho muchas veces, pero puede surgir la ocasión en cualquier momento. Otro utensilio que considero de primera necesidad cuando salgo de excursión, es la cayada. Fuerte y ligera, de avellano, que siempre utilizaba el yayo Gregorio.

Desde la fuente en donde estoy sentado, miro hacía el cielo, por que en ese momento pasa un avión de los muchos que lo atraviesan a todas horas. Ha habido momentos en que he contado cinco cruzándose, pero no sé de donde vienen ni hacia donde van. Solo su ruta, este oeste y viceversa. Debe de hacer buena temperatura en esa altura, porque hoy no se forma la cola de la condensación de los gases de los reactores.

En ese azul tan maravilloso de este cielo, me fijo un poco y veo que se está formando una nube blanca, insignificante, que poco a poco se agranda y al cabo de un par de minutos desaparece. Continúo mirando en el azul, y veo como se inicia la formación de otra que va creciendo, creciendo, y pasados unos minutos ha desaparecido también. Muchas se irán formando y desapareciendo al cabo del día. Todas son nubes de paz, que contrastan su color con el incomparable azul celeste. Dos colores, blanco y azul, que con el colorado de la tierra de los barrancos, con el verde oscuro de los pinos, los verdes claros y amarillentos de los prados y el gris de las rocas, dan una belleza inigualable al paisaje.

Estoy a gusto sentado a la orilla de la fuente, perezoso, y voy viendo venir, me figuro que desde Peralejos de las Truchas, una bandada de buitres, que comienzan a dar vueltas lentamente sobre todos los montes, buscando su comida. En verano vienen habitualmente todos los días. Se pasan un buen rato sobre los montes y el pueblo, y si no encuentran comida, se dirigen a un comedero que hay en Torres de Albarracín. Es una maravilla contemplar el vuelo de estas aves. Desde que han hecho su aparición hasta que se han marchado, ha transcurrido más de media hora, y no les he visto dar un solo aletazo para mantener el vuelo. Lo hacen señorialmente, sin esfuerzo alguno. Querría uno volar como ellas.

Dejo mi asiento y voy a emprender el regreso. He pensado que, en el monte a mis espaldas, el Pinarejo, por estas fechas he encontrado en otras ocasiones setas de las que gusta comer: Champiñón silvestre o aceiteros. Llevo siempre una pequeña bolsa de plástico y si encuentro alguno, en ella los meteré. Ya sé que están prohibidas las bolsas de plástico para llevar setas, pero no para esta especie, pues hay que cogerlos forzosamente sin abrir para que resulten aprovechables para la comida. Los miles que se abren y se secan en el campo, ya dejan bastantes millones de esporas para que nunca muera la especie. Y agarro la cuesta subiendo por el prado, hasta llegar a otro en la cima, donde después de dar un par de vueltas, encuentro una docena que corto y me llevo. Los comeremos de aperitivo a mediodía. Allí en el alto, y en aquel silencio tan impresionante, recuerdo a Gloria Fuertes, que decía: “La música dicen que es el menos molesto de los ruidos. Para mí, la mejor música, es el silencio”. Yo la acompaño en su opinión.

En otras ocasiones, por este Pinarejo me he encontrado con alguna liebre y hoy también tropiezo con una que desaparece a toda la velocidad. La primera vez que vi una, me quedé un poco asombrado, pues no es el terreno apropiado para ellas, pero hablé con un amigo cazador, y me dijo que normalmente siempre había por esa zona. Lo que si hay en ese monte es abundante maleza. Estepas, zarzas, espinos, aliagas, que hacen muy difícil el caminar por él. Como nadie limpia el monte, pronto no podremos entrar nadie.

Salgo de nuevo a la carretera para emprender el regreso, y me siento feliz de mi pequeña excursión. Y ya sin prisas, hacia casa. Compro el pan al pasar por la panadería, pan que me ha de servir para almorzar.

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