Leyenda de Zaida y Aben Racín

Esta leyenda se ubica temporalmente en las postrimerías del siglo XI, en época del Cid Campeador, y cuenta los dramáticos amores entre nuestra heroína y su esforzado amante, Hernando de Abuán. Sucedió cuando Cella aún no contaba con su monumental fuente. Cuentan que los moros que habitaban aquellos pagos vivían en medio de la más absoluta pobreza. Aunque de cuando en cuando, quizás para mitigar las penas, en el alcázar del emir tenían lugar algunas fiestas de renombre.
A ellas acudía el hijo menor del rey moro de Albarracín, Abén Racín, un apuesto mancebo que terminó por enamorarse perdidamente de Zaida, la bella hija del señor de Cella. Hasta que llegó un día en que el joven le declaró su amor y la decisión de pedir su mano a su padre. La muchacha, sin embargo, en vez de alegrarse porque también estaba enamorada del joven príncipe, quedó embargada de tristeza. No podía casarse con el muchacho; su padre, el emir, albergaba el deseo de casarla con un rico heredero que vivía en un lejano reino sarraceno.

Ante el inconveniente, el hijo del rey de Albarracín no desesperó; al contrario, persistió en su empeño. Cuando regresó a su palacio, le contó lo que sucedía a su padre, Abú Meruán, un hombre que no estaba acostumbrado a recibir desaires de nadie y menos de personas, como era el emir de Cella, que estaban sometidas a su autoridad. Antes que nada, el rey quería a toda costa que su hijo fuese feliz. Por eso envió una embajada, con plenos poderes, hasta Cella con el fin de pedir la mano de Zaida para su hijo.

Cuando el emir tuvo delante a los emisarios de su señor, preguntó qué le pasaría si se negaba a acceder a los deseos del rey. Uno de los miembros de la embajada respondió sin dudar que su castillo sería arrasado y que a él lo llevarían atado con cadenas ante Abú Meruán. Por lo que el emir se quedó un momento pensativo, para terminar argumentando que había un problema: que su hija estaba prometida. Por su parte, el portavoz de la embajada no se rindió y, con tono apremiante, preguntó si no habría algún modo de anular el compromiso y crear uno nuevo con el joven Abén Racín. Una pregunta a la que el astuto emir, con la rapidez de un rayo, contestó que solo uno: que las aguas del río Guadalaviar regaran los secos campos de Cella y los convirtiesen en un fértil y hermoso vergel para sustento y deleite de sus súbditos. Dicho y hecho, espetó el emisario y pidió plazo. Cinco años, concretó el emir, no sin cierta ironía. Cuando Abú Meruán se enteró de la gravosa condición que el señor de Cella había impuesto para otorgar a Abén Racín la mano de su hija Zaida no se amilanó. Al día siguiente, miles de hombres comenzaron a perforar montañas y rocas que separan el río Guadalaviar de las llanuras de Cella.
Y pasaron los años. Faltaban pocos días para cumplirse el plazo cuando una acequia caudalosa comenzó a derramar sus aguas sobre los secos campos de Cella. Los habitantes del lugar, llenos de alegría, bendecían a Alá por haber permitido que surgiese el amor en el pecho del joven Abén Racín y que hubiese hecho posible la unión de éste con la bella Zaida. Todavía hoy, al cabo de los años, podemos contemplar una roca que muestra múltiples aberturas. Se halla junto a las ruinas del castillo de santa Croche, en el camino que desde Gea conduce a Albarracín. Dicha roca se conoce con el nombre de la Piedra Horadada.

Texto: Francisco Lázaro Polo
Fotografía: Xilacopedia, donde se representa este cuento todos los años desde 2001. Abrir enlace.

La leyenda atribuye su construcción a los árabes en siglo XI durante la Taifa de Aben Racín pero en realidad ya llevaba construido mil años en teimpo de los romanos. Caso de que esta leyenda tuviese alguna base histórica, 5 años en el siglo 11 no daban para construir una obra tan grande y dificil ténicamente. Sin embargo, bien podría haber sido reparada y puesta en uso perfectamente en ese tiempo.

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