La Cueva de la Leona

Sería a finales de la primavera de 1880, cuando unos pastores que habían estado con su rebaño, en la Era Barea, bajaron al pueblo asustados, habían visto a una Leona.
-Es cierto, es cierto, dijeron los pastores ante la mirada incrédula de sus familias y amigos.
-Pero, si en Noguera no hay de esos animales
-Que sí, que sí, que la hemos visto, se ha metido en la cueva.
Ante la insistencia de los jóvenes, se formó un grupo de hombres adultos, para ir a ver si encontraban algún animal.
Llevaban palas, azadas y palos y un cuchillo grande de la matanza. Subieron por las Dos Aguas y luego por la Fuente de las Borroqueras hasta alcanzar el Prao Navazo, luego subieron la cuesta de los Colladillos y se fueron aproximando poco a poco a la Cueva.
El suelo cubierto de hierba, las albarcas y su costumbre de andar por el monte, hicieron que se aproximaran sin hacer ruido, aunque no tenían miedo, pues sabían que en Noguera nunca se habían visto mas animales que los de siempre, algún ciervo, jabalíes o zorras, pero estaban intrigados y sobre todo querían saber que habían visto los zagales, ya que si no averiguaban lo que había en la Cueva, los pastores no querrían subir con las ovejas y las cabras, y la verdad es que había buenos pastos allí arriba.
Entraron y miraron la Cueva, como es pequeña, enseguida vieron que no había nada, algunos excrementos de animales, algunas ramas y restos de una hoguera, se echaron a reír,
– Demonios de zagales, a ver si lo que quieren es no tener que subir hasta estos altos con el ganado.
– Pues vamos a bajar al pueblo que tenemos cosas mejores que hacer, y a esos muchachos, pues no habrá que hacerles caso, pero a lo mejor tenemos que subir con ellos algunos días, para que se den cuenta de que aquí no hay nadie.
Decidieron bajar por Peña Grande y Peña Lalar y luego monte abajo hasta la fuente del Ventanar. Apenas habían subido un poco la cuesta, vieron brillar, a lo lejos, algo que parecía un vellón de lana, pero muy rara, porque era grande, de un color entre roya y marrón y además se movía.
– ¿Veis aquello?
– Pues claro, ¿Cómo no lo vamos a ver con lo que reluce?
– ¿Será eso lo que han visto los muchachos?
– Pues habrá que averiguarlo, que para eso hemos subido.
Tan sigilosamente como se habían acercado a la Cueva, pero ahora con más precaución se fueron acercando poco a poco y cuando ya estaban bastante cerca, el vellón se paró y se quedo muy quieto, los hombres un poco asustados se miraron unos a otros.
A ver quien era ahora el valiente que se acercaba para ver que era aquello, al final el más joven de ellos dijo:
– Nosotros somos cinco, por muy grande que sea el animal, podremos con él, llevamos palos, azadas y un cuchillo, algo podremos hacer entre todos.
Armándose de valor, y empuñando cada uno su herramienta, se acercaron y cuando estaban lo bastante cerca para ver lo que era, descubrieron que sobre unas estepas había una piel bastante grande, de color rojizo que tenía como flotando trozos de pelo color dorado, y eso era lo que con el viento habían visto moverse y con el sol relucir.
La cogieron y vieron que la piel era muy rara, que no pertenecía a ningún animal de los que ellos conocían, que estaba bien curtida y que tenía unos agujeros por donde podrían meterse las manos.
– Parece como si estuviera usada, de seguro que se la pone una persona y desde luego esto ahora no es un animal.
– ¿Se lo habéis visto puesto a alguien en Noguera?
– No, yo no
– Yo tampoco
– Entonces habrá que llevársela y enseñarla, para que se vea que no es nada y que nada hay que temer.
Bajaron al pueblo y se dirigieron al Ayuntamiento, colocaron la piel sobre unas borriquetas y se marcharon cada uno a su casa, pensaban volver por la tarde y convocar a todos los vecinos para enseñarles la piel, a ver si alguien sabía de quien era, y sobre todo para quitar el miedo a los zagales.
Pero cuando volvieron, la piel no estaba, se preguntaron unos a otros si la habían cogido, pero ninguno lo había hecho, así que se olvidaron de la piel y cada uno se fue a su avio.
Pero al atardecer cuando el sol estaba poniéndose, uno de los zagales vio como la piel relucía sobre las estepas. Y pensó,
– Debe ser una persona, a la noche voy a subir otra vez a la cueva para ver que hay.
Ya anochecido, subió monte arriba, cruzó por el Corral de las Viejas y con mucho sigilo se acercó a la Cueva, y allí vio a una mujer joven, rubia y muy bella, que estaba frente a una hoguera de la que salía un humo de color azul.
Nada más que la joven se dio cuenta de que era observada, empezó a volverse vieja, la cara se le llenó de arrugas y el pelo se volvió blanco.
– Díos mío, pensó el muchacho, esto debe ser cosa de brujas.
– Acércate zagal y caliéntate que hace frío.
El muchacho se acercó al fuego y se sentó. Poco a poco se fue sintiendo mas relajado, no parecía que aquella mujer tan vieja fuera a hacerle daño, pero ¿No la había visto antes joven?

 

El humo de la hoguera se fue extendiendo y se fue volviendo más y más azul y el muchacho se vio envuelto como en una nube. La nube, se fue haciendo cada vez mas grande y alrededor de ella fueron apareciendo mujeres a cada cual mas bella, la que él había visto vieja, ahora tenía de nuevo el aspecto de una bella joven rubia. El muchacho estaba paralizado, no entendía nada, nunca había visto tantas mujeres hermosas juntas y menos vestidas con pieles, estaba como hipnotizado.
Las mujeres empezaron una danza alrededor de la hoguera, con movimientos muy suaves como bailando con las llamas, fueron sacando de sus pieles puñados de hierbas que al arrojarlas al fuego producían hermosos colores y aromas conocidos, espliego, tomillo, rosas, moras, trigo, alfalfa…
Las Brujas de la Sierra de Albarracín, habían elegido el lugar para su Ceremonia Anual de Purificación y habían enviado a la Joven Rubia para limpiar el lugar de Malos Espíritus.
Al cabo de un par de horas, la hoguera se apagó y las muchachas se sentaron alrededor para descansar. Conforme se apagan los tizones, las jóvenes se volvían mayores, algunas se hacían viejas y entonces el muchacho reconoció a una mujer de Noguera.
Esta mujer, cogió de la mano al zagal y emprendió el camino de regreso a Noguera.
En la Fuente del Ventanar se despidieron, pero antes la Mujer tocó la frente del muchacho y le hizo un conjuro:
– No recordarás nada de lo que has visto, pero dirás a todos que en la Cueva de la Leona, no hay nada, que se puede subir sin miedo y que hay buenos pastos.
Al día siguiente, cuando la Mujer se volvió a encontrar con el zagal, le preguntó que tal estaba, y el muchacho contestó que bien y que se iba con las ovejas y las cabras a La Cueva de la Leona.

Autora: Pilar Molada

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