Las sopas de ajo milagrosas

En la sierra de Albarracín, algunos alimentos tienen aroma de leyenda. Tal es el caso de las humildes sopas de ajo. Un alimento vinculado al monarca Jaime I el Conquistador, un rey muy aficionado al ejercicio de la caza.

De él se cuenta que, en cierta ocasión, se encontraba cerca de Teruel, en el término de Gea de Albarracín, practicando su referida afición. Tuvo la mala suerte de caer enfermo. Había contraído una rara enfermedad, para la que los médicos no encontraban remedio. Tampoco los juglares, con sus historias y sus juegos, eran capaces de hacer sonreír su corazón. La situación era desesperada, ya que nadie lograba dar con la solución del problema. Hasta que uno de los súbditos del monarca, en un momento de inspiración, recordó un remedio que le había ido muy bien a un familiar suyo y que, aplicado al rey Jaime, podría también producir resultados satisfactorios. Ninguna objeción se puso. Por probar poco se perdía. El remedio consistía en preparar un bálsamo que con toda seguridad aliviaría al monarca: una mezcla obtenida hirviendo en agua unas cabezas de ajos y todo ello mezclado con pan. A primera vista, la cosa parecía fácil; pero no lo era, puesto que las tierras cristianas carecían de ajos. Los había, sin embargo, en tierras de moros, en el Levante.

Nada amilanaba a los soldados turolenses, siempre intentando complacer a su rey al que tanto adoraban. Por eso se ofrecieron seis jóvenes para adentrarse en tierras de moros y conseguir los codiciados ajos. Muchas dificultades debieron de sortear los valientes guerreros para obtener el botín que pretendían. Al final lo consiguieron, pero de los seis caballeros, sólo uno regresó trayendo consigo unas cuantas cabezas. El resto murieron luchando contra los musulmanes que encontraron en su camino. El rey tomó las sopas y sanó. Pero, una vez repuesto de su enfermedad, cuando tuvo noticia del precio pagado por los ajos exclamó: “¡Caros ajos! “.
Tan trágica experiencia sirvió para que Jaime I tomase la decisión de extender el cultivo de ajos por todos los rincones de su reino. Hoy, transcurridos varios siglos desde aquello, las sopas de ajo, con unas cuantas variaciones, son unos de los manjares más humildes, pero más exquisitos de la gastronomía turolense y aragonesa.

Referencias
Francisco Lázaro Polo,
UNA SIERRA DE LEYENDA
Rehalda Número 8 – Año 2008
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