Huerto de las Almas

El diablo también aparece en Tramacastilla, un enclave al borde de un hermoso valle, regado por los ríos Guadalaviar y Garganta. El nombre de pueblo parece tener el origen en la existencia de dos castillos que defendían los accesos al valle citado y que se asentaban sobre dos enormes peñascos: la Peña del Castillo y El Cabezo.

Cuando llega la noche, la Peña del Castillo parece la sombra de un gigante que custodia al pueblo y su entorno. Un camino discurre por entre esos huertos. Se llama la Calleja. Parte desde el pueblo y llega hasta la vega de Argalla. Una vez que atravesamos el río Garganta, a la izquierda, a la vera del camino, podemos encontrar un pequeño huerto, conocido como El Huerto de las Almas. Su nombre responde al hecho de que sus dueños, hace muchos siglos, lo gravaron con un censo en sufragio de sus difuntos.

Pasó de padres a hijos. Todos respetaron la carga que pesaba sobre él. Hasta que la finca cayó en manos de un miembro de la estirpe, caracterizado por su avaricia, lo que le llevó a dejar de satisfacer durante años la sagrada carga. Cuentan que una noche del mes de septiembre se encontraba el pusilánime personaje dentro del huerto, guardaba los abundantes frutos con los que los árboles allí existentes habían regalado aquel año, temeroso el codicioso de que alguien los hurtase. Bajo un enorme nogal se disponía nuestro hombre a pasar la noche, contemplando la Peña del Castillo, ese gigante misterioso. Todo era oscuridad y silencio aquella noche. Hasta que, de pronto, inmensas llamaradas comenzaron a surgir de lo alto de la Peña del Castillo, luces siniestras que iluminaban todo el valle y se reflejaban misteriosamente en los ríos. De entre las llamas apareció una extraña figura montada a caballo; una brasa gigantesca que resplandecía en medio de la noche.
Como un relámpago, jinete y caballo se precipitaron de un salto desde la cumbre del peñasco y en rauda carrera, tras atravesar el pueblo, se dirigieron a Argalla, a través de la Calleja, pasando al lado del Huerto de las Almas. La terrible visión fue contemplada por el hombre avaro y mezquino, que sintió pánico al pensar que la diabólica figura se dirigía a él para atraparlo y llevarlo consigo. Pero el caballo continuó la marcha hasta perderse entre el espesor de los pinares que rodeaban el valle.
Al amanecer, el mezquino personaje que se había negado a satisfacer la deuda sagrada que sus antepasados habían contraído, contó a los habitantes de Tramacastilla lo que había visto. Todos lo creyeron, sobre todo cuando observaron, sobrecogidos, cómo en los bordes del camino la hierba aparecía quemada, con la marca de huellas producidas por unas herraduras de fuego. El avaro interpretó la macabra visión de la noche anterior como un aviso del cielo. A partir de entonces, pagó religiosamente la carga que pesaba sobre su huerto, el Huerto de las Almas.

Referencias

Francisco Lázaro Polo,
UNA SIERRA DE LEYENDA
Rehalda Número 8 – Año 2008

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