El toro de oro de Griegos

Cuentan que, en la Muela de san Juan, límite entre la sierra de Albarracín y la provincia de Cuenca, en tiempos paganos y antiguos, existió una gran ciudad rodeada por murallas. En su interior destacaban bellos jardines y se levantaban monumentales palacios. Los habitantes de la ciudad vivían tranquilos, igual que había vivido sus antepasados a lo largo de muchos siglos.
Un día, sin embargo, los musulmanes invadieron Hispania y llegaron hasta esta paradisíaca ciudad a la que arrasaron y saquearon. Cada soldado árabe tomó para sí lo que quiso de la ciudad conquistada. Uno de los asaltantes, un corpulento guerrero tuvo la fortuna de encontrar, entre las ruinas, un hermoso toro de oro. Se trataba de una pieza valiosa que el moro arrojó desde un muro de la ciudad hasta la espesura de los pinares que rodeaban a esta, con el fin de sustraerlo del reparto del botín. Cuando llegó la noche, lo buscó y lo encontró. Y decidió enterrarlo en una fosa profunda, ya que debía continuar con su ejército tomando otros castillos y otras plazas cristianas. Al terminar las campañas militares, el soldado volvería a recoger la preciada joya. La suerte, sin embargo, no acompañó al sarraceno, ya que, en una cruel batalla, una flecha lo hirió de muerte. Viendo que su vida peligraba, decidió revelar su secreto a su mejor amigo. Este debía buscar el toro de oro, venderlo y, tras quedarse con su parte, compartir el fruto de su venta con la familia del moribundo.
En una tregua, en medio de la guerra, el confidente se dirigió hacia la ciudad destruida, en la Muela de san Juan, y buscó el toro de oro en el espeso pinar, en el lugar en el que su amigo le había indicado. Pero no encontró nada. Y siguió buscando un día y otro, hasta que, desesperado por tanto esfuerzo baldío, partió de nuevo a la guerra. Muchos han sido, desde entonces, los que han buscado el toro, pero nadie ha tenido la suerte de encontrarlo. Hay quien asegura que el tesoro sólo aparecerá cuando la antigua ciudad de la Muela sea reconstruida y brillen de nuevo los palacios y jardines que, en un tiempo lejano, la dotaron de paz y esplendor.
Referencias
Francisco Lázaro Polo,
UNA SIERRA DE LEYENDA
Rehalda Número 8 – Año 2008
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