Juan Romero Alpuente, un revolucionario del s. XIX

Juan Romero Alpuente, natural de Valdecuenca
“Un vejete atrabiliario y furibundo, alto, flaco, descuadernado, anguloso, de gárrula elocuencia, de vulgares modos. Era tanta su fealdad, debida en primer término a la longitud de sus narices, que no es fácil que encontrara entonces ni se haya encontrado después su pareja”. Así describía el novelista Benito Pérez Galdós en El Grande Oriente (1875), al diputado en Cortes y magistrado de Valdecuenca Juan Romero Alpuente. Las alusiones sobre su figura se glosaron en el siglo XIX en todas las descripciones y análisis de los políticos liberales, radicales y exaltados, que promovieron la revolución en España tras la Guerra de la Independencia. Hoy, desgraciadamente, nadie lo recuerda en la Sierra de Albarracín. Por eso nos parece pertinente recuperar su figura a través de la glosa del estudio preliminar que el profesor Alberto Gil Novales hizo al editar sus obras completas, en dos tomos, con el título Historia de la Revolución Española y otros escritos (Centro de Estudios Constitucionales, 1989).

Valdecuanca


Un magistrado popular y controvertido
Su partida de bautismo afirma que nació en Valdecuenca el 9 de marzo de 1762. Su padre, labrador de “bastantes conveniencias”, se había casado en segundas nupcias con Josefa Alpuente, que procedía de Jabaloyas. Su hermanastro, sacerdote, se lo llevó bien pronto a Madrid, donde estudió las primeras letras. De allí pasó a la Universidad de Alcalá de Henares para cursar Filosofía, y en Valencia Derecho, donde se doctoró en 1783, con veintiún años. Su primera aparición pública la encontramos dos años después, cuando se presentó a unas oposiciones para cubrir la canonjía doctoral de la catedral de Albarracín. Recién tonsurado, consiguió que el cabildo le dispensase del requisito de edad mínima -que no alcanzaba- para hacer os ejercicios, y frente a otros cinco candidatos, consiguió el primer puesto y la prebenda. Pero en vez de acomodarse y disfrutar de por vida de una renta vitalicia, renunció a la plaza y ese mismo año se matriculó en el estudio de práctica jurídica que dirigía en Madrid don Francisco Antonio de Mendoza, fiscal del Consejo de Castilla, donde trabajó como ayudante, a la vez que participó activamente en la Real Academia de Jurisprudencia y Derecho Real Pragmático.
Colegio de Abogados de Madrid

En 1787, y tras ingresar en el Colegio de Abogados de Madrid, fue elegido diputado por el partido y cuadrilla de Albarracín en la Juntas Generales de la Mesta. Es decir, se convierte en juez de los ganaderos de la Comunidad, tanto en sus conflictos por los pastos de Andalucía y Valencia en defensa de sus privilegios e inmunidades, como en sus disputas internas. Fueron años difíciles para los trashumantes, ya que a finales del siglo XVIII los ministros ilustrados iniciaron un cambio de política, en el que Romero Alpuente participó, para suprimir las competencias jurisdiccionales de la Mesta y favorecer los intereses de la agricultura en España. Muy buen recuerdo debió dejar en los los turolenses en esta etapa cuando confiaron en él como diputado provincial hasta su fallecimiento, como veremos a continuación.

Tras un intento fracasado de ser nombrado fiscal de la Audiencia de Aragón, en 794 fue propuesto como fiscal del crimen en la de Valencia. Allí comenzó su dilatada batalla política, que lo llevó tanto a la aclamación popular, como a la prisión y al destierro. Al estallar la Guerra de la Convención contra Francia, el capitán general de Valencia decretó la organización de un cuerpo de milicias, que debía vestirse y armarse a costa de cada cual. El que no pudiese, debía pagar 24 libras para compensar sus gastos. Tres magistrados de la Audiencia, encabezados por Romero Alpuente, se negaron a la recaudación, alegando que los voluntarios eran gente humilde, y que la contribución era ilegal. Acabaron encarcelados. Finalmente el Consejo de Castilla ordenó su libertad y destituyó al capitán general. Según citan sus cronistas, “fue llevado en triunfo a su casa por el pueblo con las más vivas demostraciones de gozo, de admiración y gratitud”.
En 1802 se trasladó a la Chancillería de Granada como oidor, y posteriormente gobernador, de la Sala Primera del Crimen. Dos nuevos incidentes van idea de la personalidad del magistrado. No dudó en procesar a sus compañeros al descubrir que algunos jueces habían amparado a criminales acusados de asesinatos; tampoco en acusar al capitán general Escalante por un atropello en el que su coche de caballos mató a un viandante y lesionó gravemente a varias personas, entre ellas una mujer embarazada. Las causas se volvieron contra Romero Alpuente, ya que los acusados tenían el favor del favorito de los reyes, Godoy, por lo que finalmente se acordó la suspensión del magistrado por seis meses y el traslado forzoso, a modo de destierro, a la Audiencia de Cararias. Pero la invasión francesa y la Guerra de la Independencia cambiaron completamente la situación.

Guerra de la Indepencia, “Defensa del parque de artillería de Monteleón (Joaquín Sorolla)

Espía contra los franceses y conspirador contra Fernando VII
En el verano de 1808, Juan RomeroAlpuente aparece en Teruel, presidiendo fugazmente la Junta Gobernativaestablecida de forma espontánea para el gobierno del corregimiento y la defensa contra el invasor. En septiembre publica en Zaragoza El grito de la razón al español invencible, donde junto con las arengas al valor y  al patriotismo, encontramos una visión singular del conflicto. El enemigo no es Francia, ni su revolución, sino el tirano -Napoleón-, que la oprime. Es una guerra por la libertad, que concluirá con la victoria de la razón, el progreso y la regeneración nacional. Un programa completamente revolucionario, con aspectos muy prácticos, como la sustitución de todos los funcionarios del régimen anterior, y donde llega a proponer un código de derecho universal que asegure la libertad y la propiedad de todas las naciones, con renuncia a la guerra como medio de dirimir sus posibles conflictos.
Ante el avance de los franceses vuelve a Granada, y de allí a Sevilla, donde solicita a la Junta Central que se le emplee para el servicio de su país. Finalmente fue nombrado comisario de la Junta para las provincias de Córdoba y Jaén. Allí se empleó en promover alistamientos, buscar armamento, garantizar el orden, y organizar partidas para la defensa de pueblos y caminos. De nuevo se enfrentó con vecinos acaudalados e influyentes que buscaban evitar el alistamiento forzoso para la guerra acomodándose mediante influencias en empleos de oficinas y hospitales. Acusado de sedicioso y de no acatar decisiones de la superioridad, acabó en la cárcel, de donde según algunos autores, fue sacado a la fuerza por el pueblo de Sevilla en vísperas de la ocupación francesa. Al año siguiente aparece como colaborador del invasor en Granada, presidiendo una junta de abastecimientos. Pero por su propio testimonio sabemos que realmente utilizó este cargo para trasmitir información a las autoridades españolas. Descubierto su espionaje, huyó por los tejados de la ciudad y se dirigió a Cádiz, donde se refugiaban la Regencia y las Cortes. Los franceses, indignados, llegaron a quemar su estatua en la plaza de Sevilla. En la ciudad sitiada, hervidero de refugiados y de debates políticos que dieron lugar a la Constitución de 1812, y con el título de diputado suplente de la provincia de Aragón, publicó el folleto Wellington en España y Ballesteros en Ceuta, criticando ácidamente el nombramiento de un general inglés como jefe supremo del ejército anglo-español.
Al acabar la guerra, Romero Alpuente era un declarado y reconocido liberal. Aunque mantenía relaciones con otros importantes turolenses de la Corte, como Tadeo Calomarde, fue destituido de su nuevo cargo en la Audiencia de Castilla la Nueva y desterrado a Murcia. Allí se introdujo en la recién creada logia masónica local, que conspiraba para la implantación en España de las ideas progresistas. Esta sociedad secreta, importantísima en la historia contemporánea, tuvo a Romero Alpuente como lider, con los grados de compañero, maestro y experto del Grande Oriente. Un informe policial lo definía así: “hombre sanguinario, cruel de pésimo corazón, de relajada vida, corifeo de todos los liberales, primera persona de la tertulia perniciosa del Alpargatero, donde concurren varios de las mismas ideas; es sujeto que si llegase a mandar en turbulentas circunstancias, haría bueno a Robespierre”. Finalmente, fue ordenado su arresto por conspiración y masón, y procesado por la Inquisición murciana, que pidió para él y para todos los liberales “la misma pena y rigor con que los Reyes Católicos acabaron con judíos, moros y herejes”. Incomunicado y pendiente de sentencia, permaneció el turolense hasta que triunfó en 1820 la conspiración de Riego.

Cortes de Cádiz

Juan Romero Alpuente, diputado en Cortes
El triunfo de la revolución de Riego sacó a Romero de la cárcel y lo puso al frente de su facción, como jefe político interino de Murcia, cargo al que renunció a ser elegido primer diputado a Cortes por Aragón. Es ahora cuando se convierte en una figura de alcance nacional, líder de la minoría exaltada en los años 1820 y 1821. Su elocuencia y sus argumentos lo hicieron famoso. Combatía la hipocresía de algunos falsos liberales, denunciaba la corrupción de la administración, defendía con vehemencia las libertades ciudadanas, y en conclusión, criticaba a todos y hablaba de todo. Su lenguaje directo, y en ocasiones chabacano, le granjearon enseguida el fervor popular. Algo que se acentuó cuando, ya sexagenario, se alistó a la milicia nacional y acudió a su turno de guardia a las puertas de las Cortes. Algunas descripciones de la época son muy significativas: “Romero Alpuente. Alto, seco, frío y feamente feo. Pero siempre sereno y siempre imperturbable; habla de todos los asuntos; habla sobre cualquier punto; habla desde la tribuna; habla colgado de ella; habla de cualquier modo, y tan fresco se queda de una manera como de otra. Minis tro de justicia, se conoce que la ama sedientamente, pero también debe amarse al pueblo más que al aura popular. Es piedra de toque de todas las discusiones, pues al punto que en ellas se oye el metal de su voz no hay nadie que no distinga si se ensaya oro, plata o arsénico. Tiene sus ciertos rasgos de originalidad, y sería con el tiempo un mediano orador con solo que se le mudase la figura, con que no bajase tanto el estilo, y guardarse constante decoro. Gasta gorro y anteojos de hierro, mas sólo por ceremonia, o por el bien parecer, pues por el un lado no los necesita, y por el otro no los quiere necesitar”. Tomás Collado, que fue contemporáneo suyo, refiere una anécdota muy ilustrativa. Cuenta que “al acabar las sesiones de las dos legislaturas, vino a Teruel a visitar a un su hermano, chantre que era de aquella catedral, cuya dignidad ridiculizó no mucho tiempo después en uno de sus folletos, para recompensar sin duda el agasajo y favores que siempre le debió. Desde Teruel pasó a Valdecuenca, su patria. Paseábase una tarde solo y tan preocupado, que no advirtió una reunión de los sujetos más visibles del pueblo, que saliendo con el mismo objeto, habiéndole divisado, le llamaban con desaforados gritos. Vuelto en sí, y hostigado por sus paisanos para que les dijera, si se podía, en qué pensaba, les contestó: “Acá para mis adentros me entretenía en sentar algunas bases para plantear una revolución perpetua”. ¡Vaya un pensamiento filantrópico!”.
Como ejemplo de sus intervenciones parlamentarias incendiarias, es una de sus frases políticas más famosas “la guerra civil es un don del cielo”, para así poder librar a la nación de los elementos reaccionarios. En 1821, al conocerse una intentona realista, llegó a pedir la sangre de 15.000 habitantes de Madrid para salvar la revolución. Elpopulacho exaltado por esta y otras proclamas, asaltó la cárcel de Madrid, sacó y asesinó al sacerdote Matía Vinuesa, al que consideraban implicado en la trama, e incluso se dirigieron al Palacio Real amenazando la integridad de Fernando VII.
Fernando VII, grabado de la llegada al Puerto de Santa María.


Destierro y acusaciones de traición
En 1823 la descomposición del liberalismo y la invasión de los Cien mil hijos de San Luis trajeron de nuevo el reinado absoluto de Fernando VII. Para evitar su captura se refugió en Gibraltar, y posteriormente, junto con un gran número de políticos y militares españoles, se trasladó a Londres, esperando mejores tiempos para los liberales. Muchos fueron auxiliados por el duque de Wellington, si bien con Romero Alpuente supo hacer una excepción, recordando las puyas que le había lanzado en la Guerra de la Independencia. Ancianoy sin recursos, acabó en la miseria.
Acompañado de su sirvienta, Vicenta Oliete, sobrevivió de pequeños donativos y de la venta de sus publicaciones, como la titulada Causas de la caída de la Constitución, o la escrita con motivo de la revolución de 1830, Los tres días grandes de Francia, y modo de reproducirlos en España, con varias ediciones en Francia, Inglaterra y clandestinamente en España, donde evidentemente fue prohibida por incitar a la subversión. Dehecho, ese mismo año fracasó un intento de deponer a Fernando VII en el que Romero Alpuente figuraba como futuro ministro de justicia. Al año siguiente vendió a un supuesto editor el manuscrito de su libro Historia de la Revolución Española. En realidad quien el comprador era un agente del espionaje español, y su obra, inédita, acabó en la biblioteca del Palacio Real de Madrid. Y así permaneció hasta 1989, en que el profesor Alberto GilNovales la puso a disposición de los investigadores. Es durante su exilio cuando caen sobre nuestro personaje varias acusaciones de traición, al descubrirse varios documentos – aireados en varias sesiones parlamentarias después de su muerte – que daban a entender que había recibido dinero del gobierno español a cambio de facilitar información sobre las actividades de los disidentes residentes en Inglaterra. Su criada Vicenta sí que tuvo un contacto directo con agentes de la policía de régimen absolutista, controlado entonces por el también turolense Tadeo Calomarde. Sus enemigos políticos, que los tuvo tanto en las filas liberales como en las conservadoras, denostaron su figura con las acusaciones de espionaje, aunque otros compañeros de filas lo defendieron y no consideraron fundadas las sospechas de colaboracionista, más cuando a su vuelta del exilio, formó de nuevo parte del sector más exaltado del liberalismo.
Al morir Fernando VII volvió a España, y casi inmediatamente fue nombrado procurador en Cortes por la provincia de Teruel. No llegó a tomar posesión. Se le encontró implicado en una nueva conspiración contra el gobierno de la regente María Cristinay su Estatuto Real, ¡a los setenta y cuatro años de edad!,y acabó en la prisión recién llegado del exilio. Tras su puesta en libertad, y tras serle concedida la jubilación de su cargo de magistrado, no se le conoce ninguna actividad política. Un año después, el veintidós de enero de 1835, afectado por una infección catarral, fallecía en Madrid.
Casi todas las valoraciones póstumas han sido sumamente críticas. Además de Galdós en los Episodios Nacionales, Pío Baroja lo cita despectivamente en Memorias de un hombre de acción, y en Siluetas románticas: “Romero Alpuente, que se las echaba de Robespierre, era un viejo ridículo, alto, seco, con la cara angulada y una estúpida sonrisa. (…) Hablaba de una manera pesada, pedantesca y monótona. Se creía un hombre genial. Sus argumentos de patán mixto de leguleyo asombraban a sí mismo”. Pedro Ortiz Armengol, le dedica un capítulo titulado Purgatorio de Romero Alpuente, con apelativos como “anciano furibundo”, “bárbaro”, “cafre”, “bocazas”, “momia”, “repulsivo personaje”, “incendiario viejo”, “demagogo” o “cascado”. Hoy, con la edición y la lectura de sus escritos políticos podemos llegar a otras conclusiones. Fue un político con gran influencia popular, pionero de la revolución liberal en España, y de ideas avanzadas, íntegro en sus convicciones, por las que sacrificó la estabilidad y la comodidad que le daba su cargo y posición. Todo un revolucionario español.

Fuente:

José Luis Castán Esteban, 2011,  JUAN ROMERO ALPUENTE, UN REVOLUCIONARIO DEL SIGLO XIX, Rehalda 14, CECAL
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