La leyenda de la Cueva de la Mora

Los altos valles de la Sierra de Albarracín tienen especial encanto. Los pinares coronan las montañas, y descienden por las vertientes en graderías escalonadas, donde el enebro, el brezo, el gayuba y otros arbustos preparan, con la variada gama de sus verdores, el contraste de la pradera tapizada de florecillas, que viene a ser como la vindicación de la tierra que quiere gozar de un rayo de sol en medio del bosque umbroso.

Así hay un valle junto al pueblo de Guadalaviar, al pie mismo de la Muela de San Juan. Si las montañas del Canigó no se hallaran tan distantes vendrían aquí las hadas del gigante Pirineo para gozar del conjuro y hechizo misterioso de estos valles de Guadalaviar. Vendrían también las ninfas del lago de Bañolas, cantando estrofas verdaguerianas, en un rayo de luna o en el sutil carro de oro de un girón de luces de la aurora, para unirse a las ninfas más modestas de las fuentes que engendran el río Guadalaviar.

Pero aquí no hay más cantos que los de las aves, ni otra música que la de la flauta pastoril y la del rumor de oleaje de los pinos centenarios. Mas no todo es soledad en estos valles, que aquí en la vertiente oriental de la Muela de San Juan, en una pequeña garganta que abren las rocas, hay una pequeña fuente, pequeño trecho más arriba de donde están los manantiales del río Guadalaviar, y junto a la fuente abre sus fauces una gruta, llamada la cueva de la Mora.
La cueva no es muy grande, pero tiene, sin duda, misteriosas y recónditas moradas que no es lícito visitar a los simples mortales. Las gentes de Guadalaviar dicen que todos los años, en la mañana del día de San Juan, cuando las primeras luces del amanecer iluminan las cumbres de la Muela y van descendiendo para penetrar en las gargantas y en los profundos valles, de la cueva sale una bella joven mora, y dentándose junto a la fuentecilla con un peine de oro que brilla a los rayos del sol naciente se arregla su larga cabellera, mirándose en el cristal de las aguas que le sirven de espejo, y luego…, terminado su tocado, se adentra de nuevo en la cueva misteriosa y no se le vuelve a ver hasta la mañana del día de San Juan del año siguiente. Y así sucedió un año y otro, un siglo y otro siglo. Presa de singular encantamiento, la joven mora es huésped de la montaña y del bosque, sin que nadie sepa de dónde vino ni a quién espera.
Dícese que cuando los cristianos vinieron a dominar esta Sierra de Albarracín y huyeron los moros principales, llegó hasta el pie de la Muela un jinete trayendo en su grupa a la joven mora. Al llegar junto a la gruta bajó de su caballo, y ayudando a apearse a la joven, le dijo:
—Escóndete en la cueva, y espera aquí hasta que yo venga a libertare. Y luego huyó rápidamente por entre la espesura de los bosques.
Pero han pasado los años y los siglos, y el jinete almorávide no viene a rescatarla. Por eso esperará más tiempo todavía y volverá de nuevo a salir todos los años en la mañana de San Juan a peinarse con peine de oro junto a la fuentecilla.

Su prolongado encantamiento ha sido tomado por los moradores de la sierra como signo de constancia y de fe en una promesa y en una palabra empeñada…, y por eso, junto a la gruta y al lado de la fuente, que hoy llaman la fuente de los Mozos, acuden los jóvenes esposos de Guadalaviar a celebrar el segundo banquete de sus fiestas nupciales. 
Una cueva de Guadalaviar 
Fuente

CESAR TOMAS LAGUIA, LEYENDAS Y TRADICIONES DE LA SIERRA DE ALBARRACIN, REVISTA TERUEL N. 12, IET, 1954

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